Cuando el suicidio deja de ser un acto individual
PRENSA UNLP/ Mañana 10 de septiembre se conmemora el Día Mundial para la Prevención del Suicidio. La Prosecretaria de Salud Mental de la Presidencia de la UNLP, Adriana Villalva, reflexiona sobre esta problemática y la importancia de avanzar hacia mejores estrategias de prevención.
Hablar de suicidio no es un tema que resulte sencillo de abordar. Por el contrario, es un tema que incomoda no solo por su envergadura social, sino porque impacta de manera directa en la subjetividad de las personas, independientemente de que hayan atravesado o no esta experiencia en el plano individual o familiar. El suicidio nos remite a la pérdida, al dolor, al vacío y a la ausencia, pero también nos obliga a pensar y actuar sobre la posibilidad de prevenirlo.
Abordar la problemática del suicidio implica detenerse un momento para analizarlo como un fenómeno multicausal. Esta perspectiva se vincula con el concepto de complejidad, en tanto supone reconocer el impacto que tiene en los vínculos cercanos, en los grupos y en las comunidades, todos ellos integrantes necesarios del entramado social.
Desde el campo de la Salud Pública, el suicidio es un problema que viene siendo identificado y atendido a través del diseño e implementación de diversos dispositivos de políticas públicas que lo abordan desde una perspectiva integral de salud.
Pensar la salud desde la integralidad es incorporar la dimensión de lo mental; es decir, la salud mental como parte de la salud integral de un sujeto. Mirar y abordar el suicidio desde esta perspectiva permite superar la concepción de que el suicidio es un acto individual, lo que rápidamente llevaría a simplificar la lectura acerca de las razones de por qué sucedió.
Es un error pensar el suicidio como algo aislado o desvinculado del contexto social; del mismo modo, resulta problemático quitarle el carácter social que tienen tanto sus causas como sus efectos. Tampoco resulta adecuado, finalmente, explicarlo desde una entidad psicopatológica o como un acto que sobreviene tras haber atravesado el sujeto un padecimiento mental severo.
Ahora bien, si el suicidio no debe ser pensado como algo aislado de lo social, es estratégico reconocer, para pensar intervenciones preventivas, las situaciones problemáticas que inciden en la subjetividad y generan distintos grados de sufrimiento en las personas, grupos y comunidades. Esto implica comprender que los padecimientos y malestares subjetivos no pueden analizarse aisladamente, sino que debe hacerse en relación con los vínculos que los sujetos establecen con sus familias, con sus grupos de pertenencia y sus referentes afectivos, y con el contexto histórico y social en el que se encuentran insertos y desarrollan sus trayectorias de vida.
Con respecto a las condiciones sociales que atravesamos en la actualidad, resulta necesario considerar la creciente centralidad de los objetos de consumo en la configuración de las subjetividades y en la construcción de las posiciones sociales. En este marco, los sujetos establecen vínculos con determinados hábitos y prácticas de consumo que participan en la definición de su identidad y de su posición social. Pensar en relación con lo que se alcanza, con lo que se tiene como propio, no hace otra cosa que centrar al sujeto sobre sí mismo, adquiriendo, de esa manera, un rasgo particular del discurso de época que, en el plano de la vida social, aísla al individuo del conjunto y lo transforma en un sujeto competitivo, capaz de afirmar su lugar e identidad sin necesidad del otro.
Esta figura —la de un sujeto autónomo y autosuficiente— termina atrapando a los individuos en un proceso de consumo, productividad y maximización del esfuerzo de tal magnitud que el éxito o el fracaso son interpretados como su responsabilidad, de modo que el fracaso ante un proyecto se autoadjudica a la falta de suficiente compromiso, esfuerzo y dedicación. En pocas palabras, el fracaso termina recayendo sobre el propio sujeto, quien se atribuye la responsabilidad por no haber alcanzado el “éxito”.
El alejamiento del otro y el progresivo aislamiento contribuyen a la fragilización del lazo social, en el que el sujeto se encuentra solo y, en esa soledad, intenta afrontar las dificultades que se presentan en su propia vida. Este aislamiento y esta labilidad del lazo social, sumados a la vulneración de derechos fundamentales y a la exclusión del conjunto social, van a incidir directamente en la salud mental, no solo del individuo, sino también en la de sus vínculos cercanos.
Es sobre la subjetividad de los adolescentes y jóvenes en quienes esta fragilidad del lazo social los deja desamparados, sin sostén, afectando su salud física y psíquica. La difícil situación que pueden estar atravesando sus familias, los malestares que comienzan a debilitar los vínculos, la aparición de situaciones de violencia, entre otros factores, configuran un escenario poco propicio para pensarse como hacedores de proyectos que les permitan verse o imaginarse en otro lugar.
Frente a estas situaciones, resulta necesario apelar a los diversos actores adultos que estén en contacto con adolescentes y jóvenes para que asuman el desafío y la responsabilidad de construir espacios-dispositivos que los alojen y acompañen en su singularidad, en sus historias personales y en las de sus vínculos cercanos. Por ello, resulta fundamental reconocer que la salud mental no depende exclusivamente de las decisiones individuales, sino también de las condiciones sociales en las que las personas viven y se desarrollan.
En la prevención del suicidio, es importante reconocer los signos de alerta, como la baja autoestima, el aislamiento, el insomnio, la desesperanza, el abuso de sustancias tóxicas, la actitud negadora y desafiante frente a los riesgos y la depresión. Estas y otras conductas, identificadas a tiempo, deben ser abordadas a través de estrategias que demuestren interés y apoyo para acompañar a quienes se encuentran atravesando una situación de sufrimiento. Estar para cuidar a quien está sufriendo es recuperar la capacidad de vincularse desde un acompañar amoroso, donde la palabra, la escucha activa, el silencio brindan un espacio de sostén y acompañamiento.
La promoción y la prevención en salud en general, pero sobre todo en el ámbito de la salud mental, son herramientas y estrategias integrales e interdisciplinarias que permiten establecer dispositivos colectivos situados, es decir ponerlas en acción en los diferentes territorios de manera participativa con las familias, referentes institucionales y comunidad en general.
La promoción en salud mental recupera el potencial del encuentro para que, desde la identidad que otorga lo grupal, se puedan abordar las temáticas y problemáticas que hoy nos aquejan como sociedad. En este marco, se favorece la circulación de saberes y prácticas de cuidado y autocuidado, tanto en el plano singular como en el colectivo, y se contribuye a desnaturalizar los problemas mediante la identificación de conductas de riesgo. Asimismo, se promueve la construcción de saberes colectivos, se fortalecen los vínculos y se favorece el establecimiento de relaciones igualitarias, en las que todos los participantes son sujetos activos en la toma de decisiones.
Es el Estado, en tanto garante de todos los derechos de la población, quien tiene la responsabilidad fundamental de garantizar acciones de prevención y promoción de la salud, a través de políticas públicas participativas que accionen sobre la dimensión de lo individual y lo social. Un Estado presente que promueva líneas de acción interdisciplinarias, intersectoriales e interjurisdiccionales que garanticen el abordaje temprano, estableciendo con claridad los factores que inciden en la aparición y el sostenimiento de las problemáticas que impactan en la salud, entre ellas, el suicidio, y que trabajen de manera mancomunada con la comunidad.
Se trata de actuar desde un pensar situado, es decir, de implementar acciones ancladas en los territorios, que contemplen y alojen las historias personales para fomentar la restitución y el fortalecimiento del lazo social.
En este entramado, la universidad pública asume un rol estratégico en tanto institución pública comprometida con la garantía de derechos y la producción de conocimiento situado. En articulación con las políticas públicas y en diálogo con actores comunitarios e institucionales, se constituye como un espacio privilegiado para la construcción de prácticas de salud mental integrales, interdisciplinarias y comunitarias.
Su intervención se extiende a la generación y el sostenimiento de dispositivos de cuidado, investigación y extensión que promueven la inclusión social, la desestigmatización y el fortalecimiento de lazos colectivos fragilizados por las lógicas individualizantes contemporáneas, contribuyendo activamente a la construcción de una sociedad más justa, equitativa y solidaria.
